La historia de cómo la banda de un pequeño pueblo pacense llegó a Disneyland París con su música

A pesar de haber transcurrido dos años de este viaje, sigo sin creer la oportunidad que nos brindó la música. Esta historia no es la de un viaje cualquiera, sino la de cómo una banda de un pequeño pueblo pacense consiguió traspasar fronteras y conquistar corazones gracias a la música. Os traigo la historia de mi banda, la Banda Municipal de Música de Talarrubias. Quiero contaros una aventura llena de magia, ilusión y emoción.

Para comenzar esta historia tenemos que remontarnos al inicio del curso 2017-2018. Javi, nuestro director, decidió apuntar a la banda al programa internacional Músicos de viaje. Su idea, en secreto, era la de hacer algo grande por el décimo aniversario de la banda que él mismo había fundado y construido desde el primer minuto. Debía ser un acontecimiento tan grande que quedase marcado en todos los componentes y acompañantes que se sumaron.

Meses después, comenzaba para la Banda Municipal de Música de Talarrubias el viaje de sus sueños, que marcaría un antes y un después en la historia de nuestra banda y nuestro pueblo. No solo hablo de la semana en Francia, sino de la preparación e ilusión con la que todo se estaba haciendo en el local de ensayo y en las calles de Talarrubias. Parecía que los días no avanzaban, que las partituras eran infinitas y que nunca estarían a la altura de ser tocadas en un lugar como Disneyland París. Daba vértigo siquiera imaginarlo. Pasamos de ensayar en el recinto ferial del pueblo hasta la medianoche en las primeras semanas de verano, a vivir una experiencia que no olvidaríamos jamás.

Un once de julio de 2018, la Banda Municipal de Música de Talarrubias partía su viaje para conquistar con su música al país vecino. Las caras de alegría de integrantes y familias en aquella despedida en la calle principal del pueblo no representaban ni la mitad de emociones con las que volverían una semana más tarde. Veintitrés horas que a priori parecían interminables, en un pequeño bus, viajando por carretera y durmiendo unos encima de otros. Cerrar los ojos era casi imposible, para ser sinceros. Entre bromas y conversaciones con los más grandes y pequeños, no perdíamos la atención a la ventanilla del autobús, que nos dejaba ver los mejores paisajes de nuestra geografía.

Paradas de descanso en puntos que recuerdo como los más bonitos del viaje, y la oportunidad de divisar, casi sin querer, paisajes tan emblemáticos como los del norte vasco de España, y esa espinita de necesitar quedarte allí y unirte con la naturaleza. Miradas y sonrisas dedicadas unos a otros, sintiendo el calor de las inaudibles melodías de unos instrumentos que estaban a punto de hacerse sonar, y esa continua inquietud, por escuchar y sentir cualquier sonido, que supone viajar al lado de músicos de gran calibre. Y, según nos acercábamos a la frontera de nuestro país vecino, esos sonidos de nuestros instrumentos no podían esperar a que los intérpretes pisaran el suelo francés. Entre pasodobles y bandas sonoras, todos cantábamos al unísono nuestro mejor repertorio mientras las cámaras se posaban en nuestras figuras, llenas de emoción, para que todos esos sentimientos quedasen captados para siempre en forma de fotografía.

No era un viaje convencional, aunque a estas alturas, creo que no hace falta decirlo. Nuestra primera parada tuvo llegó en Poitiers y, aunque no pudiésemos visitar sus emblemáticas calles, disfrutamos de las atracciones y espectáculos de Futuroscope, lugar para soltar toda esa adrenalina acumulada y empezar a vivir nuestro sueño. No solo disfrutamos de nuestras emociones en las aventuras más fuertes del parque, sino que aprendimos a compartir nuestras experiencias con nuestros acompañantes del viaje, nuestros amigos de la banda de la Escuela Municipal de Música de Lepe. Martín, Raúl y Moi fueron nuestro mayor regalo de aquella semana y, todas las madrugadas hablando y riendo en la habitación forjaron una amistad imposible de romper por mucho tiempo que pasemos sin vernos.

Volvimos a mover nuestras maletas. Una siguiente parada dedicada únicamente y exclusivamente a un imprescindible del Renacimiento y la Ilustración en el turismo francés: Les châteaux de la Loire, que se convirtió en una de las paradas favoritas de músicos y acompañantes, quizá por el verde ambiente de los jardines «a la francesa» de alrededor, o por la inmensidad de los castillos y sus decoraciones. Conocido en el país como “el jardín de Francia”, se trataba del valle del río Loira, en el centro de Francia.

Más tarde, tras horas de viñedos y senderos franceses, por fin llegábamos a las fronteras de la capital del país, y el griterío en el autobús se hacía latente. El primer contacto con la ciudad, intenso y conciso, fue sin duda algo inolvidable. El sentir que estábamos, nosotros, habitantes de pequeños pueblos y ciudades de escasa población, a los pies de monumentos tan importantes como la Tour Eiffel o el Musée du Louvre fue algo impresionante. Daban igual las pocas horas de sueño y las interminables en autobús, nuestros zapatos se desgastaban en las calles de la histórica ciudad de la luz y nuestros ojos no paraban de moverse de un lado a otro. Nos sentíamos empequeñecidos ante tan magníficos monumentos pero, al mismo tiempo, nos llegamos a sentir enormes al ver la ciudad sin límites desde la noria situada en el Jardin des Tuilleries.

París es sinónimo de arte. Y no podíamos abandonar la ciudad sin visitar sus calles más bohemias. El Barrio de los Pintores, Montmartre, era un viaje en el tiempo. Un lugar idílico, casi de cuento. Sentías la magia que había dejado Van Gogh en la plaza principal del barrio, o la infinita pintura que Picasso impregnó en cada una de las empinadas calles. Siglos después, los artistas de la zona siguen sus pasos y muestran, en directo, su arte. Parece imposible que en una plaza de no muy grandes dimensiones, quepan tantos sentimientos que se han arrastrado a lo largo de los años, sabiendo que jamás se irán. La Basilique du Sacré-Cœur mira la ciudad con orgullo, y todos los parisinos se muestran en armonía en aquellos barrios tan artísticos como seductores.

Las noches en el hotel pasaban tan largas como efímeras entre historias, juegos y selección de las mejores fotografías del día, y el gran día de la Banda Municipal de Música de Talarrubias llegaba como un hito que bien podía llegar a ser noticia en cualquier medio local y nacional.

Una mañana después, las puertas del enorme parque temático cuyo nombre responde a Disneyland París se abrían, y nos dejaban un paisaje mágico, de ensueño, que propiciaba sentimientos y nos hacía experimentarlos más a flor de piel de lo que jamás podríamos haber imaginado ninguno.

Nos perdimos brevemente por las interminables carreteras interiores del parque, los integrantes de la banda, y sus inseparables compañeros invitados de la banda de la Escuela Municipal de Música de Lepe, entraron por una enorme puerta trasera, similares a los artistas de Hollywood, que entran por camerinos esperando su enorme debut en un importante teatro de Nueva York.

Aquella sensación de nerviosismo, miedo, respeto y felicidad insaciable, junto con la incapacidad de todos, acompañantes y artistas, de esperar siquiera un segundo a ver a nuestros músicos sobre las aceras de Disneyland hicieron la espera hasta media tarde casi insufrible. Las filas de músicos, preparados mental y físicamente hasta el último detalle, siguiendo el estricto protocolo, se disponían ante la puerta por la que saldrían al parque, que estaría completamente cerrada hasta las cinco en punto de la tarde. Parecía imposible mantener las formas, pero el silencio y las miradas cómplices reinaban en aquel ambiente. No sabíamos qué pasaría cuando aquellas enormes puertas dejasen ver el parque. Solo teníamos una cosa clara, hacer lo que mejor sabemos, música.

De pronto, y casi por sorpresa, una voz con un singular acento parisino comenzó a anunciar al grupo de músicos por los altavoces, y mujeres, hombres y niños quedaron ensimismados al escuchar el compás de todo el repertorio que los pacenses tenían que ofrecer en aquel soleado día de julio.

Seguramente, nuestros primeros pasos eran torpes, miedosos. Pero no podíamos permitirnos dar un paso en falso. A cada nota que salía de nuestros instrumentos cuidados, relucientes y perfectamente afinados, obteníamos la recompensa de ganar la seguridad y concentración que habíamos adquirido a través de los años. No podía salir mal. Era el mejor día de nuestra vida y no podíamos dudar de ello.

Más sonrisas, aplausos, incluso ciertas lágrimas de emoción y gritos de júbilo coreaban el ambiente que las melodías de los instrumentos creaban. Entre bandas sonoras como El Rey León o La Sirenita y pasodobles españoles, cautivamos el lugar y las almas más musicales de todos los que estaban aquel día allí. La música se impuso como protagonista, los músicos supieron transmitir toda la emoción y el talento que se espera de aquellos que optan a una oportunidad como lo que esta supuso, y todos consiguieron ganar, no solo el concurso, si no la admiración de un público que vitoreaba con emoción el potencial de los artistas de Extremadura durante toda su impoluta actuación, a la cual fue un enorme placer asistir.

Por supuesto, el viaje no acabó aquí. Cuando el trabajo estaba hecho, solo hacía falta levantar la mirada de nuestras partituras y divisar dónde estábamos. Entonces fuimos conscientes de lo que acabábamos de hacer. Los colores vivos, el mundialmente conocido castillo y las miles de atracciones se erigían frente a nosotros. Las primeras lágrimas empezaron a rodar por nuestras mejillas y las piernas empezaron a temblar, entonces llegaron los abrazos de nuestros amigos y acompañantes, arropándonos con su orgullo y felicidad.

Solo faltaba disfrutar de los dos días que nos quedaban por delante en Disneyland París. Necesitábamos soltar tensión y saborear la adrenalina, por lo que nos recorrimos el parque entero montándonos en todas las atracciones. El segundo día coincidió con uno de los días más importantes para el pueblo francés. Al igual que la música, el fútbol también es unión. Y el 15 de julio de 2018 se celebró la final del Mundial entre Francia y Croacia. Antes de caer la medianoche, un espectáculo de luces y canciones se proyectaba en el castillo, con miles de personas presenciando aquella magia que solo ocurre en Disneyland. Y, tras disfrutar de aquellas canciones de las películas más significativas de Disney entre luces y fuegos artificiales, el pueblo francés estaba más que preparado para celebrar su segundo mundial veinte años después del famoso Mundial del 98 con Zinedine Zidane como ídolo.

I Will Survive comenzó a sonar mientras los fuegos artificiales representando la bandera francesa estallaban en el firmamento, formando un espectáculo en el que la emoción se expandía por todo el país. Y aquel lugar era el mejor para celebrarlo.

Cristina Martínez y Sonia Cuevas

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