La leyenda del kitsune y el arco rojo

Desde que era pequeña, okasan me contaba las historias de nuestro pueblo y del bosque que rodea la aldea. Me decía que nuestras vidas están unidas como las ramas de un árbol, cuyas raíces conectan también con los demás árboles y con la tierra. Todos formamos parte de un ciclo. Y a través de esos lazos, también estamos unidos al mundo de los espíritus.

Okasan me decía que no me adentrara demasiado dentro del bosque. Pero okasan ya no está aquí, y quiero que vuelva. En sus historias, había personajes que encontraban a sus seres amados a través de la niebla, de cuevas o de lagos. Y yo voy a entrar en el bosque.

Me escapo por la ventana sin hacer ruido, y me deslizo por el tejado hasta el suelo. Me pongo las sandalias y voy hasta el límite de la aldea.

De repente, oigo un cascabel. Giro la cabeza y allí, bajo uno de los árboles, hay un pequeño zorro blanco. Mueve la cola ligeramente, como si se la meciera la brisa, y tiene líneas rojas como de pintura recubriendo su rostro. Siento que debo seguirlo, así que voy tras él.

Va parándose cada poco tiempo para ver si le sigo. Atravesamos riachuelos y vamos por caminos vagamente iluminados por las velas de antiguos faroles de piedra llenos de musgo. Solo la luna y el sonido de las hojas bajo nuestras pisadas son testigos de nuestro viaje.

Llegamos a un claro rodeado por un río, como si fuera una pequeña isla en medio de la vegetación. Varios puentes lo conectan con la tierra y, justo en el centro, se encuentra una puerta roja.

A medida que nos acercamos, el tiempo cambia y se detiene. Caen copos de nieve, huele a tierra mojada y a lluvia y el viento lleva pétalos de cerezo. Miro al zorro que me ha traído hasta aquí. Ahora, su cola parece haberse dividido en nueve. Y la pintura de su piel reluce.

Avanzo hasta la puerta y la atravieso.

Por fin.

Te he encontrado.


Okasan.

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