Mirando por la ventana

El otro día, estuve asomada a mi ventana toda la mañana.

Era un día de mediados de junio. Hacía sol, los pájaros cantaban y yo me había levantado más tarde de lo habitual. Sin ponerme las zapatillas, fui a la cocina, aún con legañas en los ojos. Abrí la nevera para coger un brick de leche mientras bostezaba. Vertí la leche en el vaso y puse a calentar en la cafetera el agua y el café.

Un pájaro picó el cristal de la ventana, me acerqué y la abrí. Me quedé un rato apoyada en el marco de la ventana, todavía con las musarañas del sueño en la cabeza.

Veía pasar a gente de todo tipo. Vecinos del barrio y más desconocidos. Niños, adultos, ancianos, grupos, parejas, solitarios… Gente tarareando, gente escuchando música, algunos montaban en bici, otros en monopatín, y había quien pasaba con patines en línea. Algunos llevaban mochilas, bolsos, cajas, carros, bolsas…

El olor a café invadía la cocina y me sacó de mis pensamientos acerca del desfile callejero del que había sido testigo.

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