Tres canciones de amor

SINOPSIS

Cada partícula de nuestro ser se ha compuesto siempre del amor con el que nos ensalzamos, o el que estamos dispuestos a dar a los demás. Los humanos nos movemos por el mundo deseando encontrar a una persona que nos complemente, que nos quiera por encima de todas las circunstancias, y cuando estás en el éxtasis de esas emociones, la falta de éxito puede ser demencial. El amor, el desamor, las decepciones, la intensidad de los sentimientos, y las relaciones sociales establecidas entre hombres y mujeres nos acompañan a lo largo de esta espléndida puesta en escena.

Tres canciones de amor

RESEÑA

En el teatro, la necesidad de disfrutar con lo que estás viendo y, además, de identificarte con lo que te cuentan, es casi inevitable. Hay muestras que calan hasta en los lugares más recónditos de tu corazón, que te teletransportan a momentos de tu vida que ni siquiera recordabas, y este montaje es una de ellas.

En Tres canciones de amor, se expone desde un primer momento una fiesta con mesas servidas e incluso una enorme bola de discoteca que gira para llenar el entorno de luz y vítores. Y a lo largo de esa historia, los seis protagonistas tratarán de contarnos qué sienten, cómo son, qué les gustaría que hubiese sido, y qué se espera de ellos.

Patricia Benedicto nos toma de la mano y nos enseña a acompañarla en una obra teatral donde se muestra el amor como fuerza de creación y destrucción a partes iguales. Explora la maravillosa sensación de sentirte pleno una vez lo conoces y, a su vez, da cuenta de las dolencias que este nos puede producir, y cómo nos quita el sueño e incluso puede provocarnos pesadillas.

Como espectador, sientes constantemente que estás en un pequeño encuentro entre medias de la caída y el ascenso de alguien que decide entregarse a otra persona y compartir su vida con el amor.

Me pregunté no solo qué era el amor como fuerza, como potencia creadora y destructora, sino de qué manera aprendemos a relacionarnos con los otros, con aquellos que no somos nosotros mismos

Patricia Benedicto


La dramaturga nos retiene en un viaje que se divide en tres partes diferenciadas, tres canciones de amor que nos guían por diversas maneras de enamorarse. Se muestra, no solo el amor entendido por la masculinidad de los hombres, sino también los estereotipos que rodean a las mujeres, la búsqueda de su feminidad en relación con su género opuesto y, a la vez, el alter ego en el que nos protegemos cuando encontramos verdaderamente el amor. O cuando creemos haberlo encontrado.

El primer acto, la primera canción, Los hombres que bailan, nos enseña la necesidad que el género masculino presenta de amar, y su preocupación por no poder desarrollar una manera propia de hacerlo. Se exhibe el miedo a encerrarse siempre en lo que la sociedad espera de tu amor por el mero hecho de ser un hombre y, a su vez, la presión de los constantes juicios por querer ser diferente, lo angustioso de los adjetivos vacíos que les describen, o simplemente la realidad de que a los hombres “no les gusta bailar”.

Los hombres que bailan

En la segunda canción, el segundo acto, Las mujeres y las flores, las tres actrices principales nos advierten de su imposibilidad para ser lo que el mundo espera de ellas: perfectas y espléndidas; sin capacidad para manejar cualquier tipo de situación. Mujeres repletas de miedos que han sufrido demasiado por las relaciones amorosas, y que intentan gestionar de la mejor manera posible cómo mantener esas defensas activas, sin encerrarse por completo a volver a sentir.

Quiero bailar contigo antes de decirnos adiós para siempre

Él

Y un tercer acto, la última canción, Everything is love, donde las intimidades de los protagonistas ya han sido desveladas y el amor ya ha sido comprendido de seis maneras diferentes, aunque con un elemento en común: el entendimiento de este como motor de nuestras vidas humanas.

En toda la composición, además, se entremezcla la realidad de los personajes y la de sus actores, creando así el cóctel perfecto de vivencias reales y ficticias sutilmente combinadas.

Mujeres repletas de miedos

Tres canciones de amor, sin duda, consigue el efecto de cualquier proyecto que merece la pena apreciar: el querer verlo una y otra vez y, paralelamente, poder comprender todo a la perfección solo en la primera pasada.

Actores y dramaturga te atrapan y consiguen, con una calidad interpretativa excepcional, sacar lo mejor y lo peor de nosotros mismos como sociedad: esa búsqueda natural del amor como concepto caprichoso, arbitrario y, a veces, incluso obsesivo.

La dureza del amor y la carga emocional de momentos más que dramáticos, entrelazados con canciones de fiesta y momentos de bailes y desenfado, hacen de esta una obra perfecta en la que refugiarte cuando la incertidumbre de Eros supone un importante peso individual.

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