Historias en Oporto

La sensación de ver un aeropuerto tan vacío es estremecedora. No hay colas de gente esperando para facturar, tampoco hay gente corriendo porque llega tarde a su vuelo… Pero aún así no se nos quitaron las ganas de empezar nuestra siguiente aventura: un viaje a Oporto.

Sabíamos que iba a ser una experiencia inolvidable, ya sea por el lugar o por las cosas que nos pasarían. Así empieza el gran viaje, cuando cruzamos el control sabiendo que alguna de nosotras cinco pitaría y nos harían el test de drogas. Y, sí, evidentemente pasó, aunque solo quedó en unas risas. Oficialmente dentro del aeropuerto, nos detuvimos a mirar las tiendas duty free y a comer en el Mc Donald ‘s. Como buenas gafes que somos, no nos dieron una de las patatas. Así que, cuando fuimos a pedirlas, dijimos una mentira piadosa y nos regalaron patatas extra.

A la hora de embarcar, fue un detalle por parte de Air Europa regalarnos una mascarilla y toallitas desinfectantes. Después de un vuelo tranquilo y sin turbulencias, para el alivio de algunas, aterrizamos en Oporto. Recogimos nuestras maletas y nos dirigimos al metro portugués. Nos costó un poco entender cómo sacar el billete del tren, pero un vigilante muy majo, del que no entendíamos nada de lo que nos decía, nos ayudó con ello. Encontramos nuestro flamante apartamento, un bonito piso con dos habitaciones, un baño, un aseo y un pequeño salón con cocina francesa. La verdad es que estaba muy bien localizado, pero siguiendo con nuestra “buena” suerte, la nevera no cerraba bien, el microondas iba a su rollo y la vitrocerámica no se apagaba cuando nosotras queríamos.

A pesar de los inconvenientes del apartamento, el resto fue como la seda. Decidimos ir a reconocer los alrededores por nuestra cuenta, ir a la compra y cenar tranquilamente. Primer día superado con éxito.

Llegó el día más duro del viaje. Listas de nosotras decidimos apuntarnos a dos Freetour, de tres horas cada uno, el mismo día. Iba a ser la muerte. El mejor de los dos fue el primero. La guía, una chica muy maja y atenta a los detalles, nos enseñó la historia de Oporto. Comenzamos en la Praça da Libertade, un lugar bastante transitado que parecía una plaza enorme, pero en realidad está compuesta de tres plazas más pequeñas.

Después de ponernos en contexto, nos llevó a la Torre dos Clérigos. Esta torre es más conocida por los lugareños como El Faro, ya que antiguamente era lo que se veía desde el mar y así situaban esta ciudad. Cerca de la torre se sitúa la famosa Livraria Lello. Allí, aunque J. K. Rowling diga lo contrario y a pruebas se remitía la guía, se inspiró la escritora para escribir Harry Potter. Una librería que tiene mínimo tres horas de cola para entrar. Después nos llevó a la Universidad de Oporto, situada entre dos Iglesias separadas por la casa más pequeña de la ciudad.

Tras una pequeña explicación sobre el Palacio de la Justicia, construido durante la dictadura de Salazar, hicimos una pequeña parada de descanso en la Estação Ferroviária de Porto, São Bento. Continuamos nuestro tour hacia la catedral de Oporto. Y aquí empieza la verdadera tortura, comenzamos a bajar unas eternas escaleras, cada giro que dábamos había mas escaleras. Una vez terminado el tour en la rivera del río Duero, nos fuimos a comer a un restaurante muy casero. La propia dueña, una señora muy amable y buena cocinera, fue la que nos atendió. Allí probamos las croquetas de bacalao más picantes que habíamos comido nunca. No suficiente con la pesadez del estómago después de comer, nos tocó subir las escaleras infinitas para encontrarnos con el siguiente guía del segundo y último freetour.

Este trataba sobre el arte urbano, parecía bastante ameno, pero no lo fue. Entre lo cansadas que estábamos del primero, que el chico no nos cayó muy bien y que no hablaba español claramente, estábamos todas a puntito de dejarlo. Aun así lo hicimos hasta el final y nos permitió ver obras callejeras como estas:

Cansadas del anterior día, este nos lo tomamos con más tranquilidad. Fuimos a ver los lugares que la guía del primer tour nos recomendó. El primero fue la Torre dos Clérigos, la chica nos dijo que tenía las mejores vistas y que había que subir muchas escaleras, aunque merecía la pena. Nos avisó de que no debíamos subir a las 12 de la mañana o a las 18 de la tarde porque todos los días dan un concierto de campanas. Pues seguimos con nuestra racha de gafes, que la única hora libre que había para subir era a las 11:30 y el concierto nos pilló dentro de la Torre. En resumen, que nos quedamos sordas. Igualmente nos deleitamos con vistas preciosas y algunas de nosotras superamos el miedo a las alturas.

Nuestra siguiente parada fue después de comer. Y si, como buenas frikis de la lectura y de Harry Potter, decidimos tragarnos tres horas de cola para entrar a la Livraria Lello. Un lugar bastante mágico y a la vez acogedor. Se inspira calma y misterio a la vez. Un lugar precioso en el que la emoción de ir a comprar un libro terminó con un estrepitoso golpe con una escalera en la espinilla y nosotras dando la nota como siempre. Antes de llegar a Oporto, reservamos unas entradas para montar en barco y visitar los siete puentes más importantes de la desembocadura del Río Duero. Y como somos nosotras y las cosas no nos suelen salir bien, resultó ser un timo. En tiempos de Covid-19 no había distancia de seguridad, la explicación que daban a través de unos altavoces era bastante pobre y el barco era bastante cutre, pero por lo menos descansamos sentadas un rato. De ese ‘tour’ en barco nos llevamos descanso y alguna foto bien bonita.

Livraria Lello

Fue un día muy tranquilo, hasta por la noche. Después de cocinar, estábamos cenando tranquilamente viendo una película en la televisión. De repente comenzó a sonar la alarma de incendios, el caso es que no veíamos fuego, humo ni nada parecido. Éramos cinco chicas y cada reacción fue a mejor: una cogió las cosas de valor, otra recordaba que había que salir de ahí, la otra daba indicaciones de cómo actuar frente al fuego, otra empanada y la última que por poco se va descalza a la calle. Como show que somos, nos tiramos 10 minutos en la calle esperando en pijama a la mujer que nos alquiló el piso, que no vino. Nos llamó por teléfono diciendo que un vecino estaba cocinando pescado y por eso había saltado, pero del edificio no salía ningún vecino. Así que nos tocó desactivar la alarma como pudimos. Mientras lo intentábamos, nos acordamos de que no habíamos apagado bien la vitrocerámica, así que subimos corriendo y resultó que el fuego casi lo provocamos nosotras. Una vez apagada la alarma, ventilamos la casa y nos fuimos a dormir. Un susto apoteósico que no olvidaremos y nos hará comprobar dos veces si hemos apagado la vitrocerámica.

En nuestra última jornada completa en Oporto nos dedicamos a buscar souvenirs para nuestros familiares y amigos. Queríamos una tobillera a juego para nosotras, pero evidentemente fue misión fallida. Al final nos conformamos con un imán. También visitamos el museo de fotografía, el que nos recomendó la guía el primer día. Más que ver el museo nos hicimos fotos en un bonito ventanal del museo. Ya por la tarde, quisimos ir a la Plaia da Rocha. Pero nuestra mala suerte hizo de la suyas y justo cuando llegamos se nubló todo y comenzó a refrescar. Es decir, que hicimos las fotos de postureo y volvimos a casa. En el viaje de vuelta nos fastidió ver cómo salía el sol de nuevo. Mientras se nos congelaban los pies, literalmente morados. Terminamos el día en el piso con un Happy Meal para cada una y nos fuimos a dormir pronto ya que al día siguiente nos esperaba el viaje de vuelta.

Dejando a parte nuestras gafadas y mala suerte, que siempre terminaban en risas, fue un viaje muy bonito. Anduvimos de lo lindo, pero estuvimos en lugares interesantes y disfrutamos de vistas preciosas. Descubrimos historias muy interesantes y, lo más importante de todo, creamos nuestra propia historia para contar. Una de nuestras muchas aventuras juntas e inolvidables. Ya solo queda volver a la realidad y planear el siguiente destino.

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