La calidez del mar

 Me levanto por la mañana y solo soy capaz de pensar en el verso de Neruda “necesito del mar porque me enseña”. La luz del amanecer se refleja en mi dormitorio. Ese resplandor rosa, anaranjado y amarillento que puede ser descrito como la perfección dentro del caos. Me despierto con el brillo del sol que sale del horizonte del mar como cada nuevo día. Me tomo el café en la terraza que desemboca en las olas delante de casa y mis ojos se iluminan y se recargan del reflejo del alba.

Huele a brisa, a verano, a crema de sol. Se escuchan niños jugando y construyendo castillos con la arena, creyéndose ya mayores, soñando con la fortaleza que cimientan. Es húmedo, la ropa colgada no se seca, aunque el calor que siento traspasa mis huesos. La humedad se agarra a todo y no lo suelta hasta liberar la última gota de armonía.

Te estarás preguntando qué hago en esta casa sola.

No lo estoy.

Tengo mis libros que me acompañan en cada paso que doy. Me presto uno de los que tengo en la estantería, El último lector de Ricardo Piglia. Será el siguiente libro que me lea mientras los rayos del sol traspasan la portada, lejos de todos, ahora, hoy, sin contestarme a preguntas lisiadas del peso de los años.  

La soledad es algo subjetivo. A veces, estamos rodeados de muchos que no nos aportan y cuando restan sin sumar, se convierten en un abismo incomprensible. Por eso, decidí apartarme del mundo ficticio y vivir en el mío.

Quizás, utópico también, no te lo voy a negar. Pero, por lo menos, mío.

Algún día, prometo contarte mi próximo amanecer, cuando ya no sea tan joven y consiga ver el mundo desde los ojos de la madurez.

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Bajo a darme un baño.

Hace mucho calor.

El mar y su cálido desvelo

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