Los veranos en el pueblo

Desde que soy pequeña, cada año voy con mis padres y mi hermana al pueblo de mi familia. El pueblo en el que se crió mi abuelo y donde mi madre y mis tíos pasaron parte de su infancia.


Me contaban que, cuando era joven, mi abuelo iba de un pueblo a otro en bici para ir a ver a mi abuela. Y siempre que hacemos el camino en coche por esa carretera, me imagino ese otro tiempo, en el que las cosas eran más difíciles pero se seguía poniendo el alma en todo lo que se hiciera, por mucho que costase. Ahora que escribo esto, me doy cuenta de el gran valor que tiene para mí el pueblo, y más los recuerdos relacionados con él.

Siempre que podíamos, visitábamos Batuecas. Nunca me olvidaré del año que mi tía dijo de seguir por el camino, por el lateral de convento, lleno de raíces mojadas cerca del río. Pasando por ese extraño sendero, continuamos hasta llegar a una puerta de metal en un puente, y más allá la Fuente de las Conferencias.
Una pequeña fuente de montaña, con un chorro de agua fresca y cristalina y una virgencita en un nicho a parte. Y a lo largo del camino, frases, citas y salmos colgados de las ramas de los árboles.


Este último verano, fui con mi padre para hacer fotos. Nos levantamos pronto, a las siete de la mañana, para pillar la “hora azul”. Nunca había estado allí tan pronto y, sin duda, es diferente. Se respira una tranquilidad diferente antes de que salga el sol.


También, decidimos subir hasta uno de los canchales en los que hay pinturas rupestres. Pero, la verdad es que están ya muy borrosas debido al mal trato que tuvieron durante un tiempo. Pero lo mejor de subir hasta allí son las vistas.

Se ve todo el valle, el bosque y las montañas. Y de camino, pasamos por una carbonera. Mi padre me explicó que ahí se “hacía” carbón vegetal, enterrando los restos vegetales para que se descompusieran. Y me contó que mi abuelo había trabajado en una. En esa época, todo eran tan diferente…


Cuando era pequeña, imaginaba miles de cuentos de hadas que sucedían el bosques como este. ¿Qué secretos se escondían entre las ramas de los árboles? ¿Bajo las piedras? ¿Detrás del sonido de un pájaro o bajo el puente de madera o entre las aguas del río?

Visitando fotos antiguas, he recuperado esta de 2007. Es de la caldereta que se hace durante las fiestas de agosto. En ellas, todo el pueblo estaba implicado: mucha mujeres iban a una mesa enorme que se colocaba delante del pueblo, y allí pelaban y troceaban patatas. Y mientras, los hombres se encargaban de preparar los fuegos y, más tarde, de cocinarlo.

Todos colocábamos las mesas en la calle principal del pueblo, llevábamos sillas y platos y vasos, y todas las familias del pueblo nos sentábamos en nuestras mesas y cenábamos juntos, bajo la luz de las estrellas y de las farolas. Probablemente este sea uno de los platos de mi infancia y el sabor de esa caldereta nunca se podrá igualar con otras.


Y cada año era diferente, porque cada año iba un familiar diferente, podíamos estar con mis tíos los unos, o con los otros, o con primos hermanos o primos lejanos… El pueblo tiene ese poder de juntarnos, aunque no nos veamos durante el resto del año.


Además, muchas veces el cumpleaños de mi abuelo coincidía con las fiestas del pueblo, y después de la cena, unos días más tarde, lo celebrábamos con una comida. El cabrito no faltaba, como es típico aquí, y si estábamos suficientes, sacábamos las mesas a la calle y ocupábamos toda la calle de subida al lado de nuestra casa.

Después de comer siempre íbamos al río. Unos días, al Charco de la Olla, amplio para nadar a gusto, pero ¡bastante lleno los fines de semana! Por esa razón, también íbamos a un charco un poco más apartado, al que se llega atravesando un trocito de campo, y que llaman Charco de la Serpiente. Mi madre me asustaba de pequeña diciéndome que se llama así porque hay culebrillas. Pero aún a día de hoy, sigo teniendo ese pequeño temor…

Tras las tardes de río, volvíamos a casa. Nos dábamos una ducha y cenábamos tranquilamente. Luego solíamos quedarnos viendo alguna película o series que echaran en la tele. ¡Recuerdo que mi tía y yo nos enganchamos a Embrujadas!

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