«Kokichi está demasiado cansado para correr más»

La historia siempre ha premiado a los vencedores, a los que, con su esfuerzo, han conseguido derribar todas las barreras. Nos acordamos de las grandes figuras, de sus records mundiales, de la gloria que consiguieron al levantar el oro, de su eterno legado.

Abebe Bikila fue uno de esos hitos. El atleta etíope ganaría el oro en Roma 60 y Tokio 64, rompiendo los records. Y parece que la historia queda ahí, en el ganador. Si nos remontamos unos metros atrás en el Estadio Olímpico de Tokio, nos encontraríamos con Kokichi Tsuburaya, víctima de los fantasmas del deporte de élite y un sistema opresor.

Ojalá Kokichi Tsuburaya hubiese sabido que su salud mental estaba por encima de cualquier oro u honor de su país. Desde CAMS, queremos honrar su nombre y difundir su historia, pues no debe quedar en el olvido.

Kokichi Tsuburaya

Kokichi Tsuburaya, natural de Sukagawa, nació el 13 de mayo de 1940. Tsuburaya recibió una educación basada en el bushido, donde se honraba el militarismo y los sacrificios de samuráis y kamikazes por la patria. Empujado por la ideología supremacista y de honor para su país, pasó a formar parte, en 1959, de las Fuerzas de Autodefensa de Japón, donde comenzaría a destacar en las pruebas atléticas. Así, se convertiría en corredor de maratón.

Tsuburaya nació durante la Segunda Guerra Mundial, un año antes de que Japón lanzase una gran ofensiva contra la base naval de Estados Unidos, Pearl Harbor. Los soldados japoneses, cegados por una ideología supremacista, sacrificaban sus vidas por su patria, convirtiéndose así en kamikazes. Para los japoneses, un kamikaze era un viento divino, una ayuda de los dioses para mantener alejados a sus enemigos. Japón emprendió la guerra convencido de ser el “pueblo elegido”.

Sin embargo, los duros enfrentamientos terminaron con miles de vidas inocentes ardiendo bajo las bombas atómicas. Hirohito, emperador japonés, negó su condición divina y, además, manifestó que su pueblo no era superior. Esta decepción para los japoneses los llevó a una de sus más profundas crisis sociales.

Japón no volvería a ser igual, al menos, durante un largo periodo de tiempo. Con el corazón hecho pedazos, Kokichi Tsuburaya intentaba construir un nuevo espíritu para sanar las heridas de su país. Y su honor le costó la vida.

El 21 de octubre de 1964, daría el pistoletazo de salida el maratón de los Juegos Olímpicos de Tokio. Aquel día, algo cambió en la vida de Kokichi Tsuburaya. El principio del fin acechaba su salud mental. El etíope Abebe Bikila, como era de esperar, cruzó la meta en primera posición, batiendo el récord del mundo.

Unos minutos más tarde, el japonés aparecía en el Estadio Olímpico de Tokio en segunda posición. La afición estalló de felicidad, por fin llegaba un héroe que sacaba a Japón de la tristeza, un héroe que conseguía una medalla para su país en la prueba que ningún japonés había alcanzado jamás. Tsuburaya pasaba a ser, en unos segundos, el orgullo del país.

Sin embargo, sus fuerzas comenzaron a resistirse en los últimos metros, y el inglés señalado como favorito, Basil Heatley, robó la plata al japonés. Cuando nuestro protagonista cruzó la línea de meta y ganó el bronce para Japón, no sonrió. La mente de Kokichi Tsuburaya estaba en otro lugar. En México 68.

Tsuburaya se sentía humillado. Perdió la plata en casa, y la única forma de recuperar la fe de su patria era con siguiendo el oro en los próximos Juegos Olímpicos. Los siguientes tres años en la vida de Tsubura ya fueron tormentosos. El atleta fue obligado a dedicar su vida a entrenar, sin distracciones. No podría ver a su familia y su novia hasta transcurridos los juegos. Solo debía correr.

Tres años más tarde, sufrió una grave lesión que lo dejaría fuera de México 68. El nueve de enero de 1968, Kokichi Tsuburaya fue encontrado muerto con un corte en el cuello, la medalla de Tokio en una mano y, al lado, una nota de suicidio.

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