Oel ngati kameie

Avatar es un regalo del cine. Cada vez que veo la película, siento que vuelve a ser la primera. La naturaleza de Pandora me estremece, y cada parte de la historia emociona y fortalece el relato.

Todos sus elementos fluyen en perfecta consonancia, y su banda sonora original, sin duda alguna, es el elemento que engloba cada acción, cada detalle de los paisajes y ambientes que se nos presentan. Cierto es que no podremos volver a disfrutar de las creaciones de James Horner, por lo que me gustaría rendirle un homenaje con el análisis de su última gran composición, Avatar.

Pandora es un lugar repleto de colores, pigmentos, texturas, melodías y detalles que jamás podríamos alcanzar a ver en nuestro mundo. Y James Cameron nos presentó en Avatar la forma de apreciar la magia de un mundo tan maravilloso como sobrecogedor. Un planeta de tales características debía tener su propia música, un sonido que enlazase los elementos de su naturaleza, sus colores, sus raíces, la felicidad de volver a caminar, de comenzar una vida. Las lágrimas de rabia, de impotencia o de absoluta tristeza por conocer la destrucción. James Horner fue el encargado de crear y poner sonido a ese mundo.

Para desarrollar este trabajo lleno de matices y exotismo, Horner mezcló música sinfónica con instrumentos étnicos como el cuerno tesungi, el shakuhachi o el gamelan. Además, para realzar la fuerza en su composición, recurrió a los coros, tanto masculinos como femeninos, y al empleo de sintetizadores para conseguir pigmentos que nunca antes hemos tenido la oportunidad de escuchar.

Nada más comenzar la película, un motivo retumbaba en las salas de cine hace ya diez años. “You don’t dream in cryo”, primer tema de James Horner para Avatar, nos transportaba a Pandora en un viaje sin billete de vuelta. La fascinación brotaba en nuestro interior cuando escuchamos las primeras voces del score. Horner nos dejaba sentir el mundo que ha compuesto, con todos sus destellos y peligros, a través de una percusión y coros en crecendo que se mezclaban con la dulce melodía del shakuhachi.

En esta introducción, la música tiene que conectar con el espectador, pues será el elemento decisivo que le conduzca a la mayor emoción en momentos puntuales del film. Horner, en una medida más que inteligente, nos muestra qué debemos conocer desde el inicio. El juego entre percusión, metales y coros, diferenciará a los humanos del pueblo Na’vi. Las sombras del egoísmo y la destrucción acechan a un pacífico pueblo en armonía con su naturaleza. Horner nos presenta, a través de los cantos del pueblo y su música, la historia de Pandora, esa lucha entre la paz y la avaricia.

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