Volver a casa

Todos los kilómetros merecen la pena con tal de volver a casa. Al lugar donde, por muchas lágrimas que hayas derramado, volverás con una sonrisa. Entiendes que todo ha cambiado, tal vez muy deprisa. Más de lo que te gustaría.

Crecer te ha hecho dejar atrás muchas cosas, pero te ha impulsado a conocer otras, a descubrir quién eres o qué quieres. A perderte por las calles de una ciudad inmensa. A descubrir personas. A querer sin prejuicios. A la frase de “qué más da, si aquí no nos conoce nadie”. A las noches de fiesta en las que acabas en cualquier plaza bailando o hablando sobre tus mayores miedos. A las clases aburridas que sabes que luego echarás de menos por el simple hecho de que ya no estarán ellos, los que te hacen reír cada segundo. A recorrer cada barrio al lado de tus nuevos descubrimientos de carne y hueso. A todo lo nuevo. El miedo no existe. Ahora eres libre.

En el pueblo todo va más lento. Tienes otra perspectiva. Todo el tiempo del mundo es para ti, parece que nada cambia. Sientes que eres el mismo niño que arrancaba hojas de los árboles para hacer ensaladas. El niño que tocaba los timbres y echaba a correr. O aquel pequeño futbolero que se ponía la camiseta de su equipo favorito todos los fines de semana e iba a cualquier bar a ver el partido.

Los bancos siguen llenos de gente a partir de las ocho de la tarde. Te cruzas con las mismas personas, a la misma hora, todos los días. Sabes qué dirá cada persona o qué camino tomará cuando doble la esquina. Recuerdas el recorrido que hacías todas las mañanas para llegar al instituto. Parece que han pasado décadas desde esa etapa, pero tienes memorizadas las tardes intensas de estudio y la rutina, los recreos con tus amigos, los momentos de nervios en la puerta de la sala de exámenes. Las risas en clases de Josema, las charlas motivadoras de Enrique que te hacían sentir la persona más especial del mundo. O cada vez que Juan tenía que tranquilizarnos en la pequeña clase agrietada.

Llega el mejor momento de todos, el de los reencuentros. Todos nos contamos qué nos ha pasado desde la última vez que nos vimos, las conversaciones que hemos tenido por mensajes se reproducen en persona. A través de las palabras y la ilusión conocemos a nuestros amigos y todas y cada una de las anécdotas que hemos vivido. Qué queremos hacer en un futuro o qué planes tenemos la semana siguiente. El poder hablar de todo sintiendo la misma confianza de siempre.

Todo ocurre deprisa cuando estamos fuera, pero en nuestro hogar, el tiempo no pasa. Entonces salen los miedos. La desmotivación que te produce la carrera. Las dudas. El miedo al estar tan lejos de tu hogar. Sentirte un completo extraño entre las cuatro paredes a las que tienes que llamar casa. El miedo a no encajar del todo. Echar de menos. Miedo a volver después del verano y que algo haya cambiado.

Entonces recordamos cómo era todo antes, de lo ilusionados que estábamos por hacer las maletas y estudiar lo que deseábamos. De contarnos cada triunfo. De presentarnos a la gente que conociéramos. De llevarlos al pueblo para que sintieran que pertenecían allí, que un pedacito de ellos estuviese siempre en nuestro sitio. Queríamos llevar nuestro nombre a lo más alto. Venimos de la Tierra de Conquistadores, y eso es justo lo que estamos haciendo.

Nos acordamos de las tardes del café, de las noches de películas o cuando íbamos a la pizzería los viernes. De los ensayos hasta las tantas. De todos esos viajes en coche, de los juegos que solo servían para sacar secretos de cada uno entre risas. De nuestras fiestas de agosto, de los bailes subidos a la fuente y de las canciones que solo reconocemos los de pueblo. De nuestra Campanera o La Ventanita. Del momento en el que nos volvemos locos a las cinco de la mañana al cantar Fiesta Pagana. De todos los temas de Extremoduro, de la nostalgia que nos producen ahora. Por no hablar del grito conjunto que damos cada vez que suena Princesas, Besos o Yo no te pido la luna. De los saltos que damos en la charanga dejándonos los pulmones cantando La Amapola.

Ahora cada noche estrellada, cada atardecer o cada día en el campo son distintos, parece que son más bonitos. Llega el momento de irse. Otra vez. Vuelta a empezar. Coge aire puro por última vez en un tiempo. Tu vida sigue y no es ahí.

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