La tierra de todos

Corría julio de 1914 cuando los soldados alemanes se hicieron con Bélgica en su objetivo de conquistar París. Franceses y británicos lo impedirían, haciendo así que el frente se estancase. Llegó el frío, las enfermedades, los miles de soldados muertos en las trincheras, y la Nochebuena.

La primera Navidad que los soldados pasarían lejos de sus familias y amigos, sin saber siquiera si volverían a verlos. Entonces, ocurrió algo extraordinario en aquella tierra de nadie. Abrazos, intercambios de cigarrillos, fogatas al son de Noche de paz, y un partido de fútbol que propició la conocida Tregua de Navidad de 1914. 

Quien desea que la guerra continúe no puede ser considerado nunca más un “ser humano”. La desesperación no puede ser mayor en territorio enemigo, así como en casa.

Carta de un soldado alemán en octubre de 1914

Fuente: National Geographic

La primera Navidad en la guerra. No habrá palabras suficientemente dolorosas o desgraciadas para poner voz a una situación tan desgarradora.

Treinta y seis metros separaban las trincheras. Treinta y seis metros en los cuales, durante meses, solo se escuchaba el silbido de las balas y los gritos de dolor. En aquella tierra de nadie, los cadáveres de los soldados yacían sobre el frío de la nieve. 

En las trincheras, las cosas no cambiaban demasiado. Los soldados intentaban mantenerse a salvo bajo los cadáveres de sus compañeros. En sus manos, sujetaban sus armas con fuerza, esperando que su disparo fuese el último. El que acabase con la Gran Guerra. 

Se acercaba la época más entrañable del año, y los soldados comenzaron a recibir cartas y regalos de sus seres queridos. Palabras de aliento, cigarrillos y chocolatinas para saborear lo dulce entre la amargura de una guerra que parecía no tener fin.

El 24 de diciembre, día de Nochebuena, los soldados del ejército alemán colocaron árboles iluminados en los parapetos de su trinchera, dejaron de lado sus armas, y entonaron Noche de paz. 

Los británicos siguieron el villancico desde su trinchera e instantes después, sus enemigos cantaban y gritaban alrededor del fuego, fuera de la trinchera, en la tierra de nadie, ahora, la tierra de todos. Los enemigos ya no existían, solo los humanos.

Uno de los alemanes se alzó y, mirando hacia la trinchera contraria, gritó en inglés: “Tú no disparar, nosotros no disparar”. Tras esa frase, Willie Loasby, soldado británico, se alzó sobre su trinchera y corrió los treinta y seis metros que los separaban de los alemanes. Entonces nació la Tregua de Navidad de 1914.

Los británicos salieron de su trinchera para reunirse con los alemanes. Compartieron comida, cigarrillos, se estrecharon la mano y cantaron villancicos toda la tarde. Hablaron de sus familias, enseñaban sus regalos e intercambiaban botones de sus uniformes. Cada gesto, por pequeño que fuese, valía más que cualquier labor, que cualquier bandera. Y ojalá todos los soldados que habían caído durante los primeros meses de la Gran Guerra pudieran vivir ese momento. O que hubiesen podido volver a casa. 

En memoria de todos ellos, acordarían que esa tregua continuase el 25 de diciembre, día de Navidad.

Llegó el día de Navidad y, como prometieron la noche anterior, la tregua continuó. Se ayudaron mutuamente para enterrar a los soldados que habían caído en batalla, hicieron una ceremonia para recordarlos y, por último, jugaron un partido de fútbol. Uno de esos partidos de fútbol en los que no hace falta estadio, ni afición. En los que sus sombreros delimitarían las líneas que formaban sus porterías. No importaba el frío y el hielo que pisaban en los campos de Flandes. Los soldados corrían libres, sin el peso de las armas, saboreando la victoria de cada gol. 

Fuente: AS

Ellos no lo sabían, solo  estaban pasando un buen rato entre las desgracias de una guerra, pero hicieron historia.

Un partido de fútbol y unos abrazos unieron lo que parecía imposible. Por unos días, los soldados dejaron de serlo, para ver las personas que se ocultaban debajo de los uniformes, pero que siempre habían estado ahí. 

Primero los alemanes cantaban uno de sus villancicos y luego nosotros cantábamos uno de los nuestros. Pensé que era algo realmente extraordinario: dos naciones juntas cantando el mismo villancico en mitad de una guerra.

Carta del soldado británico Graham Williams

Escultura en conmemoración de los soldados de la Tregua de Navidad de 1914.
Fuente: Telemundo deporte

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