Aria

La navidad es un sueño  

Aria siempre había pensado que, durante el mes de diciembre, todos les ponían máscaras a las ciudades, a las personas, a las tiendas y a los parques. En esa época del año todos trataban de hacer que aquello que les rodeaba fuese lo más espectacular posible, e intentaban que el resto de las estaciones del año fuesen insignificantes en comparación con el invierno. Por tanto, todo se trataba de un sueño. Un sueño que acababa en enero, cuando cada persona debía volver a sus respectivas obligaciones y la magia que había reinado en los hogares durante un largo mes llegaba a su fin.  

Observó el paisaje que se abría paso frente a ella; Bélgica en estas fechas era un lugar precioso.  

De pronto, algo llamó la atención de la joven. Un pequeño grupo de personas rodeaban la pastelería en la que trabajaba una señora bastante mayor llamada Emma. Se acercó a ellos con curiosidad, y sus ojos se encontraron con el verde de los de Caleb.  

Caleb era un muchacho de pelo oscuro y, a su vez, el hijo de la señora que llevaba esa tienda desde que Aria tenía conciencia, y con el cual mantenía una estrecha relación de amistad desde hacía ya tres años. Sus ojos lucían ahora un tono rojizo y, aunque no tenía la cara empapada de lágrimas, Aria sabía que había estado llorando. Se abrió paso entre la gente sin empujarles demasiado y miró a Caleb que, sin hablar, le pedía un refugio donde desahogarse. Decidió abrazarle muy fuerte y notó como una lágrima caía del rostro de Caleb y se deslizaba por su abrigo negro.  

La gente comenzaba a alejarse deseándole suerte a Caleb y, cuando apenas quedaban dos o tres personas en la puerta del comercio, alguien puso la mano en el hombro de Aria. “Cuídale hija, un ángel no puede hacer todo el trabajo”. El hombre de unos setenta años, con gabardina clara y un sombrero negro les sonrió tristemente un segundo después de soltar aquello y se alejó entre las luces del resto de puestos que daban vida a la plaza principal de la ciudad de Brujas. 

Aria sujetó con cuidado la barbilla de Caleb e hizo que le mirase a los ojos. “Yo…” Él negó con la cabeza. Sus labios temblaban al igual que su mano. Aria situó la mano sobre la suya y sonrió. Odiaba verlo así, vulnerable como un niño, sin poder hacer nada al respecto.  

— o — 

Aria pisó con cuidado la suave nieve que cubría el suelo y levantó la cabeza para contemplar el paisaje. Una hermosa colina blanca se abría paso ante sus ojos y una cabaña de madera se divisaba a lo lejos. Les rodeaban pinos completamente nevados y alguna pequeña flor lila que crecía tímidamente entre el frío.  Entre ella, las luces y el ambiente, Aria estuvo a punto de decir que las montañas de Brujas no llevaban una máscara, y todo era así realmente. 

El que sería su hogar durante los próximos días no podía ser más inspirador. El interior de la casa era bastante espacioso, muy rústico, con tres habitaciones, un baño, una gran sala de estar y una cocina básica. Aria corrió para coger una de las habitaciones y Caleb rio al ver su entusiasmo. Agradecía estar allí con ella después de todo. 

Instantes más tarde, ambos salieron de la cabaña y, de repente, Aria notó algo frío en su espalda. Se giró velozmente y vio como Caleb jugaba con una bola de nieve, lanzándola sobre su mano una y otra vez. 

“¿¡Cómo osas tirarme una b…?!”; no le dejó terminar ya que otra bola acababa de estamparse en su pecho. “¡Ahora sí que la has cagado, Johnson!” Hizo una bola de nieve el doble de grande que la de Caleb en apenas diez segundos y, aunque este hizo todo lo posible por esquivarla, la bola impactó en toda su cara. Aria sonrió triunfante mientras a él le recorría el cuerpo un incómodo escalofrío. “Corre pequeña, corre si aprecias tu vida lo más mínimo”. Ella le miró y, al darse cuenta de que Caleb había empezado a correr para cogerla, corrió lo más deprisa que pudo. “¡Aléjate de mí, satán!”, gritó sin detenerse. 

Aria oyó su risa y su cabeza solo pensó palabras malas para describirle. De pronto, tropezó y cayó al suelo, y al intentar levantar su cuerpo se percató de que le tenía completamente encima. Caleb inmovilizó sus brazos y se sentó sobre ella sin aplastarla, pegando mucho su cara a la de Aria. Sus respiraciones no evitaron juntarse. “Di que te arrepientes”, le exigió. Ella no podía parar de reír, pero negó con la cabeza. “Ni en tus mejores sueños”, contestó. Aria se acercó algo más a él y, cuando notó que estaba algo distraído mirando sus labios con una mueca. hizo un movimiento rápido y escapó de su agarre. Se alejó un poco, pero estaba cansada de correr, así que simplemente esperó a que su amigo analizase lo que acaba de pasar, puesto que se le veía un poco confuso. Cuando por fin vio que se levantaba y se situó frente a ella, soltó una carcajada. “Una pista: para la siguiente vez que juguemos, no te distraigas.” 

Caleb sonrió pícaramente y le cogió sobre sus hombros sin darle tiempo a reaccionar. Empezó a andar más deprisa y Aria a temer por su vida. Correr por la nieve no era una buena opción, lo acababa de experimentar, y él en seguida lo vivió también. Caleb se tropezó y no pudo evitar que ambos acabasen en el suelo con los roles cambiados, puesto que ahora era Aria la que estaba sobre el joven. “Mierda, ¿quién puso esa piedra ahí?”, se quejó. “¡La madre naturaleza, Caleb! Pero no eches la culpa a la piedra cuando eres un torpe”.  Él la fulminó con la mirada y, al seguir encima de él, Aria decidió abrazarle para hacer las paces. Caleb la sujetó la cintura y ella se acercó más a él. Adoraba sus abrazos. 

— o — 

Aria golpeó el hueco libre del asiento para que Caleb se acercara. “¿Quieres sentarte?”, él asintió y se acurrucó junto a ella.  “¿De dónde viene Aria? ¿Tiene algún significado?”, exclamó el joven, de pronto. A ella se le iluminó el rostro. “Sí, tiene un significado”, empezó. “En realidad, tiene varios en distintas lenguas, pero a mí me lo pusieron por el propio en latín. Mi nombre significa «melodía» o «canción». En sí, una aria es una pieza musical.” 

A Caleb le sorprendió mucho la respuesta y lo primero que hizo tras escucharla fue darle un beso en la frente. “Es precioso, sin duda.” De fondo, la televisión estaba encendida y había una película reproduciéndose en ella. Aria colocó la cabeza en el hombro de Caleb.  “Gracias”, murmuró. Ella le miró a los ojos, confundida. “¿Gracias por qué?” Él sonrió y ella se pegó un poco más a él, subiendo las piernas al sillón. Apenas necesitaban palabras para entenderse. “Gracias a ti.” En la televisión sonaba un villancico lento que aportaba intimidad a la escena. La mirada de Caleb no tardó en chocar con la de Aria, verde sobre marrón. En sus caras se formaron dos sonrisas enormes y, poco a poco, sus rostros se fueron acercando. Aria le sujetó las mejillas con las manos y él pasó los brazos por su cadera. Sus labios se juntaron tímidamente y, a medida que los segundos pasaban, ambos acabaron sintiéndose al son de un mismo compás, como siguiendo una melodía. “Te quiero”, susurró de manera que sólo él pudo oírla. “Te quiero, Aria”. Y ocurrió. Eran dos jóvenes confesándose a la luz de la lumbre un te quiero. Su primer te quiero. 

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