S.T.A.Y.

Supone un reto escribir sobre algo tan complejo y emotivo como es la música. Más aún, cuando nos adentramos en  la maravillosa historia de Interstellar, donde su banda sonora representa el perfecto equilibrio entre el más absoluto silencio y el tan abrumador sonido.

Cierto es, que tanto el film como la banda sonora no deja indiferente a nadie. Algunos la tildan de obra magistral. En cambio, otros la valoran como insensible. Para mí, es todo un honor analizar en CAMS esta obra maestra de la música cinematográfica. 

El espacio es el silencio y el muro, el humano es el equilibrio entre estas dos fuerzas, es la melodía.

Jaime Altozano

Debemos remontarnos a 2012 para comenzar a contar la historia de la banda sonora original de Interstellar.

En octubre de dicho año, Christopher Nolan envió una carta a Hans Zimmer. En ella, le pedía componer “lo que significaba ser un padre”. No dio más detalles, nada sobre naves espaciales o agujeros negros. La esencia de su idea residía en que Zimmer se guiase a partir de esa premisa.

Nolan y Zimmer trabajaron de forma sincronizada. El compositor alemán no se unió al proyecto cuando solo faltaba la música, sino que el proyecto creció de la mano de su música. Y esto hizo que el relato se construyese en perfecta consonancia, un relato en el que el ruido y el silencio se harían protagonistas.

Hans Zimmer consiguió unir lo minimalista, la grandeza, lo eclesiástico y lo científico y, por encima de todo, creó el amor. Trata de una fuerza que sentimos pero no podemos explicar, es trascendental, e infinito, como el espacio, y sin él, nuestra vida no tendría sentido. 

Fuente: AMC España

Para conseguir llegar a lo más profundo del ser humano, Zimmer centró su composición en el órgano como instrumento divino. Lo acompañan instrumentos de madera y cuerda, que marcan constantemente el tiempo, ese fuerte e irremediable rival de los protagonistas. De hecho, para conseguir ese efecto de “agujas de reloj” o metrónomo, los músicos utilizaron lápices, con los que golpeaban sus instrumentos. Por otra parte, los coros y metales nos anuncian el vacío, el silencio del espacio que, realmente, llena con su melodía. Tras esta composición, parece que las galaxias tienen un sonido propio, el de Hans Zimmer. 

Para lograr contraste en las escenas, pues la relación entre Cooper y Murph pasa por distintas etapas, Zimmer alterna pasajes mayores y menores, así como el volumen durante toda la obra. Es curioso que, del más absoluto silencio, nazca un crescendo que nos mete de lleno en el relato y nos hace temblar.  Zimmer asume un riesgo, el de ensordecer al espectador, que casi no puede escuchar el diálogo. Pero tiene un sentido, el de llevarte al éxtasis y sentir todas y cada una de las emociones que representa en su creación. Se trata, sin duda, de una de sus mejores obras. 

Fuente: 20 minutos

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