«Compás viejo» de Igor Navarro

Acariciarnos con manos arrugadas será nuestro tacto más sincero.


Se abrochó su largo abrigo color fina arena de playa. Me ajusté los guantes – por supuesto– y esa bufanda negra que moría entre las solapas de mi abrigo. La recuerdo tan preciosa -nostálgico-. Recorrimos la entonces calle Preciados -se palpaba el calor de la gente como llegar a casa tras un día especialmente frío- fijándonos más aún en los detalles. Incluso después de toda una vida por sus calles, Madrid siempre guarda un matiz nuevo para no ser ningún día la misma metrópoli. Justo apretó mi brazo –como si exhalara un susto– el cual fue decayendo en intensidad como la arteria punzada de una ilusión.

Me giré –mientras levantaba con intuición mi mirada hacia lo que señalaba–. ¿Te acuerdas, lo hueles? Decía -con tono tierno-. Sí. Sí lo recuerdo -me quedé observando mientras esbozaba una leve sonrisa nostálgica-. Con ilusiones vinimos, y con recuerdos volvemos –suspiró melancólica– y siempre… enmudeció– siempre mirándonos con los mismos ojos -añadí-.

Nuestra imagen proyectada en la cristalera de una pequeña tienda de cafés, teñida por un leve reflejo rojizo por el color de su rótulo, contrastaba con el ejército de luces y la noche que acaecía a nuestras espaldas. Una pareja joven invadió nuestra atención. Con las mismas vestimentas y con… con esa mirada de la que solo un escritor saca palabras, salieron de la tienda y, al pasar la bolsa de uno al otro, se entrelazaron sensiblemente sus dedos, dándose la mano con total discreción.

En ese momento, recordamos a Galdós: Nací a los veinte años, en Madrid. Qué bonita tú. Qué bonito Madrid, observándonos tras ver, en un par de minutos, toda una vida juntos.

Igor Navarro

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