Una canción para no decir te quiero

La espera parecía no tener fin, el recinto se llenaba a medida que el vacío se extendía dentro de mi ser. La gente comenzaba a hablar, cantar o bailar, cualquier cosa para matar el tiempo antes del gran momento, pero todos estaban felices. Yo no. 

Y, entonces, las luces se apagaron, la penumbra inundó los corazones de todos, donde brotaba luz, esperanza y voces dispuestas a gritar por su libertad. Miré a mi derecha, el asiento estaba vacío. Mi primer concierto en soledad.

Volvieron las luces, aparecieron los músicos y entonaron la primera canción. Quince mil almas cantábamos con ellos, quince mil almas que, a medida que pasaban las canciones, sanaban. Y ahí estaba yo, completándome con lo que más adoro, la música. De sentirme sola, pasé a sentir paz. Y, cuando sonaron las primeras notas de Una canción para no decir te quiero, estallé de felicidad. A veces, sentía que la ciudad se me quedaba grande, pero en ese momento, comprendí que era capaz de comerme el mundo. Y las cosas cambiaron, porque sus canciones me sanaron.  

Las canciones no solo son melodías y letras. Te hacen sentir, y ahí es donde reside la fuerza de la música. Sin sentir no seríamos nada. Consigue este efecto porque cada verso, cada nota y cada pieza la relacionamos con una persona, con un momento, con una emoción. Ahora, yo relaciono cada acorde contigo. Los mayores y los menores. 

La Maravillosa Orquesta Del Alcohol eres tú.

Y eso no cambiará jamás.

No hables de milagros,

no hables de milagros si no estás aquí

La Maravillosa Orquesta del Alcohol

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