Un viaje cinematográfico por la producción de Regreso al Futuro

El director y escritor Robert Zemeckis, bajo la impecable producción de Steven Spielberg, nos guía en la temprana época de los años ochenta por un viaje en las costumbres americanas más nativas.

Los viajes en el tiempo han supuesto siempre una adicción para los enamorados de la ciencia ficción, una obsesión casi recurrente que hace de cualquier producción cinematográfica un foco de interés para sus espectadores. En 1985, Regreso al futuro supone un placer audiovisual para la escena del cine de la década, emocionante, brillante y casi de mención honorífica en la producción de clásicos de la cinematografía.

Esta película constituye una libertad de ingenio y un hito al cine de ciencia ficción, aventuras y de míticas actitudes, detalles y mitos que atañaban en aquel entonces a la población estadounidense. Una montaña rusa de emociones que gana valor según los años que pasen, los cuales permiten admirar aún más su plenitud.

Su protagonista, Marty Mclfly, un joven ordinario de diecisiete años del estado de California, convive con su familia: un padre que se presenta bajo un acoso constante en su trabajo, una madre comprensiva y atenta y una hermana que se muestra agradable y cercana. Su amigo más reseñable, el Doctor Emmet L. Brown, se encuentra en mitad de la construcción de una máquina del tiempo —con un coche antiguo, plutonio y un condensador de fluzo—, que le permita superar los límites del continuo espacio-tiempo. Ambos tipos algo bizarros pero de buen corazón hacen uso de este nuevo invento y el joven americano viaja a 1955, treinta años antes de la época en la que se encontraba.

Doc, has construido una máquina del tiempo… ¿con un Delorean?

Marty Mcfly

Marty es presentado como el primer viajero en el tiempo y, a su vez, la primera víctima de este; algo así como un náufrago temporal atrapado en una época en la que sus padres apenas compartían su edad actual. Presentado casi de manera distópica, el pasado al que Marty se ve irremediablemente sometido no es contemplado por Zemeckis de manera nostálgica, si no como un escenario sujeto a constante cambio que afecta a un presente mejorado y distinto. Este viaje se caracteriza por la creencia de que los jóvenes, casi inmortales, pueden realizar cualquier actividad a pesar de que esta esté repleta de oscuras situaciones, y el director expone de manera ejemplar una serie de emociones impolutas.

La inquietante creencia de un mito inverso del Edipo propuesto por Sigmund Freud crea un toque guionístico que transforma un amor incondicional de una madre por una pasión desenfrenada de un eco amoroso en duda con el que Marty debe lidiar. Además, él mismo se atribuye una única misión que queda bajo su responsabilidad: conseguir que su madre deconstruya ese amor hacia él para poder entregárselo al que es su padre biológico, y así evitar que él como ser humano desaparezca para siempre.

La unión de las frustraciones de padre e hijo presentadas de manera casi simultánea en diferentes escenas contiguas, la lucha contra un sentimiento romántico que no puede llegar a ser, y los valores de una amistad tan fuerte como la de Mcfly y Doc hacen de esta película una mezcla perfecta de alma, corazón y entretenimiento.

Esta saga de culto consigue amontonar vehementes secuencias de acción y tensión que se entrelazan con un toque humorístico que presenta cada escena de forma amena y precisa. Un equilibrio que parece imposible entre las posibles alteraciones de la historia y esa creencia de que el futuro es efímero y sujeto a efectos que no parecen estar directamente ligados a él.

Has cambiado mi vida. Me has dado una meta. Solo el saber que estaré aquí en 1985. ¡Que voy a tener éxito! Y viajar a través del tiempo

Emmett L. Doc Brown

En una década de creación memorable en cuanto a cine de ciencia ficción se trata, con clásicos como The Goonies, E.T., Cazafantasmas o Indiana Jones, esta producción se corona con brillantez en lo alto de la listas de éxito, rompiendo los hilos de tradición en el cine, con personajes inolvidables y redondos, cruces de generaciones constantes, calidad de interpretación admirable por parte del elenco original y una banda sonora que ya resuena en nuestros corazones, como el archiconocido Johnny B. Goode, de Chuck Berry.

Muchos críticos denominan a este film un microuniverso abierto que deja un legado intocable. Supone una planificación de guión y cámara envidiables, como un cine artesanal que nos propone, de nuevo, un viaje atemporal en el que olvidarnos y evocar, todo a la vez, una realidad que nos identifica, con innumerables homenajes y referencias que nos sacan sonrisas. Sin duda, un cine majestuoso de antaño que no deja indiferente a ningún espectador.

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