Un tropiezo para reflexionar

Hace cosa de dos días me monté en un taxi dos calles más arriba de donde vivo, para visitar a mi abuela que se encuentra recién operada.

Todo iba sobre ruedas: estaba esperando a que pasara el que iba a ser mi taxi, para llegar a casa de mi abuela y poder verla. Por las circunstancias de la COVID la familia no pudimos ir a verla al hospital después de la operación.

Tras diez minutos esperando, vi desde lejos una especie de destello blanco que se acercaba hacia mí con una luz verde por encima notablemente más pequeña. Sí, era el taxi libre que finalmente paré.

Justo antes de subirme, tropecé con una alcantarilla que tenía en frente, al bajar de la acerera a la carretera para abrir la puerta del vehículo. Aunque aprovechando el impulso del tropiezo, me subí al taxi de una forma casi acrobática.

Cuando comenzó el trayecto (y una vez indicado el destino y dado las buenas tardes, puesto que las buenas formas nunca han de perderse), le comenté al taxista lo que me había sucedido justo cuando me disponía a montarme en su vehículo. Soy de esas personas incapaces de ir en un taxi y estar callado en todo momento, se me hace muy incómodo.

Casi me mato al entrar en el taxi – comento entre carcajadas.

¿Sabes por qué te pasó eso? – comenta el taxista – Porque vives muy rápido. Nos pasa a todos. Más allá se lo comenté a mi doctora y me dijo precisamente lo que te estoy contando a ti, que vivíamos demasiado deprisa. ¿En qué pensabas tú cuando te ibas a montar y tropezaste? – terminó preguntando el amable taxista -.

Lo cierto es que nunca pensé que un tropiezo tan patoso (y rutinario cuanto menos) desencadenara en tanta conversación.

Pues es verdad. Estaba pensando en lo que tenía que hacer al bajarme del taxi – que como ya sabemos era ir a casa de mi abuela recién operada. Pero tampoco quería seguir dándole y mezclándole temas de conversación al hombre. Quería centrarme en lo que me estaba diciendo, que resultaba ser bastante interesante al fin y al cabo-.

Tú lo has dicho. Estabas pensando en lo que tenías que hacer después de bajarte del taxi – me contestó-. Vivimos en una sociedad en la que todo sucede demasiado deprisa, vivimos corriendo. No disfrutamos de nada pensando siempre en lo que tenemos que hacer aunque todavía no haya llegado el momento, y pensando continuamente en que lo que hacemos y lo que tenemos es completamente insuficiente, aunque no es así. Así que terminamos no valorando lo que tenemos y lo que conseguimos – sentenció -.

¿No da que pensar la reflexión del taxista? Vivimos demasiado rápido y no valoramos.

Yo llevo varios días reflexionando al respecto acerca de lo que yo considero una verdad por parte del señor, e intentando centrarme en todo lo que hago en cada momento, disfrutando de las pequeñas cosas. Pues lo demás ya llegará y lo afrontaré en su momento. Sea bueno o sea no tan bueno.

Disfrutemos y vivamos el ahora, el presente, porque el futuro no lo podemos controlar, por muy cercano que sea.

No nos preocupemos por aquello de lo que no podemos ocuparnos.

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