De dioses y estatuas

Érase una vez, en un reino muy lejano, vivía una niña a la que le encantaba dibujar. Pintaba con acuarelas, con carboncillo o incluso con las manos. A medida que crecía, aprendía más y más, y era capaz de pintar el paisaje de detrás de su casa con los ojos tapados. 

De su mano y su pincel salían los más bellos atardeceres, con rojos y naranjas que parecían haber sido arrebatados al sol. Los pájaros de colores salían volando del cuadro y hay quien afirmaba oírlos cantar. Mientras que los arroyos  de agua clara y cristalina surcaban el lienzo como si fueran el cauce de un río, llenos de vida. Pero lo que más sorprendía a los habitantes del reino eran los retratos. 

Cuando dibujaba a alguien, siempre tenía la costumbre de quedar con esa persona toda una mañana. Decía que así podría conocerla mejor. Sin duda, esto le funcionaba, porque la mirada de esos retratos decía tanto como mirar a los ojos a una persona de carne y hueso. Y así, empezaron a llamarla Pintora de Almas. 

Cansada de la pintura, que ya dominaba con asombrosa maestría, decidió cambiar de disciplina. Y así, la Pintora de Almas pasó a convertirse en la Escultora de Almas. Porque parecía que los trozos de madera o mármol que trabajaba cobraban vida. Cada doblez de tela, cada pelo de la cabeza, cada mínimo detalle, ella lo representaba. 

Pero la fama es una moneda de dos caras, y la escultora, consciente de su talento, se jactó de no tener rival. ¡Ni los dioses eran capaces de igualarla en talento! Al oírla, ellos la retaron. Debían crear la escultura más bella jamás creada. Curiosamente, ambas partes hicieron la misma escultura. Pero los dioses, criaturas sabias, crueles y antiguas, eran conocedoras del arte que la escultora nunca podría poseer. Con un soplo de aire, hicieron que su escultura realmente cobrara vida. Mientras que la escultura de nuestra escultora, aunque igualmente bella, estaba fría y quieta. 

Tras vencerla en su propio juego y, como venganza por el agravio cometido, los dioses le cortaron las manos. 

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