Difusa ataraxia (Texto Semana del Libro)

Y, entonces, comencé de cero. Dolía cada instante, cada segundo y, como ya expresó con anterioridad el artista que tanto escuchaba, hice un trío con mi soledad y mis miedos, y la felicidad lejos, quizá a kilómetros de mi inestable ser. Aferraba cada instante de mi cuerpo a la figura que antaño creé de tu piel, y notaba el destrozo de mi alma pensante, carente de cualquier sensación de paz antes conocida. 

Difusa ataraxia.

Me encuentro a mí entre muchos papeles, letras amontonadas y un corazón apagado. No debería estar en este lugar, mas no me culpo. A través de la ventana, el sol me aporta el único calor que sé que merezco obtener, aquel que me gustaría compartir en épocas de extremo frío, y nos veo en el mismo camino, dispares, en dirección contraria. Me abrazo a mí misma por saber que, ahora, soy yo quien cuida de mí. 

Qué roto, qué solo y qué loco. Momento incierto de poca fe. 

Ni a compararte con la primavera cedo o cedes, y a mantenerte como ente abstracto me dispongo, con versos eternos que construyo a veces. Por la vida que me has dado y la que yo esperaba que llevase tu inicial. Cuando todo cae. 

Quién va a ser que no seas tú, aún con reproches, pienso, prefiriendo unos barrotes estrechos a mantenerme preso en esta soledad abrumadora, fuera de este mundo irreal e impaciente. Cada disparo lleva entero un acierto incierto que no me deja soñar, y camufla a su vez el dolor en el ruido ensordecer de un sollozo inefable que no cesa. 

Ahora tu recuerdo es confidente ahogado y siento el mundo moverse: no lo puedo controlar. Me frusta, me duele. Se escapa, se va. Hoy siento el mundo marcharse, y con él mi paz. 

Cristina Martínez

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