A un desertor

A un soldado, en vida, desertor

Querida Amy; 

En aquel tiempo, yo aún seguía corriendo por las calles de la infinita Wall Street. Era una extraña sensación de miedo y libertad, pero aquella contradicción de términos me mantenía con vida, quizá siendo inconsciente aún de todo lo que el destino preparaba para mí.  

¿Te cuento un secreto? Si tuviese que elegir entre soñarlo todo de nuevo, simplemente, o volver a vivirlo, no sabría qué opción tomar.  

La calle se volvió aterradoramente pequeña de pronto. Miré al cielo y, como por arte de magia, mi mente se marchó de aquel lugar para alcanzar las nubes, las cuales estaba seguro no iba a poder observar de la misma manera durante un largo periodo de tiempo.  

Horas más tarde el avión despegó, con quince de nosotros sobrevolando la enorme Nueva York, hacia un paradero que, apostaría mi vida, ni el propio piloto conocía. En las piernas sentía escalofríos constantes y nunca fui capaz de mirar a ningún compañero a los ojos, quizá por culpabilidad, quizá por cobardía, quizá por no estar preparado para escuchar ninguna de sus historias.  

Todo lo que podía ver eran destellos de luz. Mi nerviosismo tardaba apenas instantes en, al son de mi acelerada respiración, convertir aquellos destellos en un rastro de niebla negra que consumía su resplandor. No era dueño de mis emociones, y no me culpo. 

“No tienen tiempo para replantearse sus existencias, señores. Es de vital importancia su labor, pero no por ello recibirán un trato de favor respecto a cualquier otra persona. Cojan sus pertenencias y desalojen la estancia, háganme el favor. ¡Rápido!” 

Guardo cada palabra del capitán en mi corazón desde entonces. Los días y las noches allí eran completo silencio, al menos si tenías suerte. Cada habitación tenía tres frías literas, un cuarto de baño del tamaño de un joven adulto, y apenas una ventana por la que entraban los primeros rayos de sol para avisarnos a todos de que un nuevo día acababa de dar comienzo.  

Los entrenamientos eran duros, aunque nada comparado con la realidad del campo. Los gritos constantes del gran capitán no se parecen en nada a la meliflua voz con la que Paz me despertaba antes de llegar aquí. La soledad que en ese lugar te atrapaba no era comparable, siquiera, con la que puede llegar a sentir la persona más solitaria del mundo. Pero ojalá nunca haber salido de aquellos terribles establecimientos.  

No hicieron falta ni cuatro días para que saliera el primer grupo. Los zumbidos constantes en los oídos, la arenilla colándose entre nuestros puntos de mira, los gritos ahogados de personas inocentes y, en especial, el ruido de la artillería que cargábamos me hacía sentir insignificante.  

No encontré motivos dignos para respirar aquel día, ni aun creyendo fervientemente que mi causa era de lo más justa, pero el universo me obligaba a ello. 

En aquel momento observé a mi alrededor, más con asco que con impotencia. Divisé el rostro blanquecino de Jaime y, aunque su cálida tez aún mantenía un cierto brillo, sabía perfectamente qué vendría después. Un cadáver no es más que eso: un cadáver; sin color alguno, casi transparente, gélido y helador.  

La primera vez te invade el miedo. Saltas al cuerpo de tu allegado, padeces una estruendosa necesidad de proteger sus manos con las tuyas, pero al sentir un humano sin alma, sin ser, sin abrazos, sin caricias, te alejas y le pides a tu cerebro que aquel no sea el último recuerdo que conserves de él. Que no quede simple y llanamente un cadáver sin siquiera llanto.  

Hubiese sido más sencillo que el gran capitán nos hubiese pedido que le llevásemos el aroma de las flores en mano. En aquel tiempo, por más versos que tratase de recordar, apenas sabía definir la memoria.  

Dejo todo escrito, Amy, para explicarte a ti, y a quien me lea, que todos somos culpables de esto, a no ser que, por el contrario, seáis víctimas. Soy culpable de haber acabado aquí, y de no haber hecho todo lo posible por evitarlo. Me han enseñado multitud de habilidades para sortear a la vida, para protegerme de las oscuridades de la misma, y hasta para hablar solo entre cuatro paredes afirmándome que, al menos, tengo el privilegio de poder escribir cartas. No lo he entendido así hasta que te he escrito y he deseado con toda mi alma que el verano no acabase. Pero el otoño siempre llega, y para eso no hay preparación posible.  

Otro de aquellos numerosos días incontables, Eric se acercó a mí y colocó su mano en mi hombro, mientras con la otra sostenía un papel arrugado y cuya tinta era casi ilegible a causa de las lágrimas derramadas sobre él.

La luna muere sin ti, sin nuestras noches. 

Me siento junto a ella y escucho su queja,  

su llanto exclama falta de pasión. 

La luz de las estrellas es sus lágrimas,  

y esta madrugada no quieren brillar.  

El paisaje es dulce.  

La ventana protege mi alma de la oscuridad.  

Empieza a no controlar la situación,  

mas no le culpo.  

El paisaje triste sueña,  

con nostalgia, pena. Qué voy a decirle.  

El olmo que baila frente a mí no se atreve a mirarme.  

Sus hojas caen siguiendo un compás.  

Confieso mi amor a la luna y comienza a llorar.  

Tu nombre entre los nombres, por mis labios. 

Es dolor y eres paz. 

Cada verso leído por su fuerte voz me hacía divagar. Jamás quise preguntar quién le había dedicado aquellas palabras, y era mejor así. Abrazaba a Eric cada noche que oía su sollozo, y le admiraba por poder llegar a reconocer en su ser tanta sensibilidad. Mi cabeza se debatía un sinfín de veces el propósito de estar allí, y cuál era la verdadera satisfacción de la victoria. 

Sé que he perdido, aunque me hagan creer que ganamos. Cada batalla lleva un nombre distinto, pero no es más que compasión por todos nosotros que, equivocados, tomamos el camino de un juego que no podíamos controlar. Sin escrúpulos, sin ideales, intentando como único fin, que jamás justifica los medios, que nuestro adversario no brindase en una copa hazañas ganadas. 

Una de cada tres noches escuchaba al gran capitán ducharse mientras cantaba. No llegué nunca a entender las canciones de guerra ni los poemas que recitaban a los soldados, y no sé si puse suficientemente empeño en ello, a ciencia cierta. Hasta el silencio termina, o se rompe, por mucho que tratemos de unirnos a él o buscar refugio en sus cavidades, y supongo que cada quien lo entiende de una manera: desoladora cavidad vacía o reconfortante acompañante en la nostalgia. 

Aún puedo escribirte, Amy, y es ese el más inmenso sentimiento que me colma.  

Todas las dificultades irradiadas por el estruendo de la guerra hacían que cada noche se me hiciese más difícil descansar. Comenzaron a autorizar visitas en los días de descanso de cada pelotón, pero jamás llegamos a ver rostros conocidos mientras estábamos en las trincheras, a no ser que fuesen de cada uno de nuestros compañeros. Ni siquiera aquellos que parecían afortunados pudieron valerse de religiosos, militares de graduación o conocidos de los generales para obtener los permisos necesarios y averiguar nuestro paradero habitual. Paz jamás supo en qué batalla milité.  

El lenguaje de mis sueños se hizo cada vez menos asequible de comprender. Ni yo mismo comprendía mis pesadillas, pero las prefería a volver a terreno hostil. Las armas cada vez sonaban con mayor potencia, y un martilleo constante en mi cabeza me aseguraba que jamás iba a salir de allí.  

Estuve a punto de renunciar a vivir con tal tristeza. Aquellos sonidos entrecortados no me permitían reflexionar y era casi insensible al hambre, al frío, al llanto, al aliento de los demás o la muerte. Pero jamás lo fui para apretar el gatillo. Mi biología se detenía con cada paso que debía dar. Y que me recuerden siempre, Amy, sin muecas de satisfacción. Porque una guerra jamás será motivo de mi orgullo. 

Yo tenía veintitrés años y, en aquel tiempo, aún seguía corriendo, instantes antes de perder una pierna a causa de una bala que no pudimos curar. Seguía corriendo, querida, por las trincheras, durante casi sesenta y seis meses, pero desearía no haberlo hecho jamás. Y desearía no tener que repetirlo ahora. 

Tras todo esto, Amy, termina la primera de muchas cartas que te escribiré mientras pueda. Tú, mientras, escríbeme siempre, querida nieta. Aquella época que creí ya lejos regresa, y no en forma de melancolía de terror. Prometo contarte tantas historias como desees, una vez sepa que eres capaz de leerlas y guardarlas en tu memoria para siempre. 

Te quiere,  

un soldado, en vida, desertor. 

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